EN SU INTEGRIDAD por AZORÍN

CRISOL – OPINIONES
Madrid, 19 de agosto 1931
Digamos dos palabras -sin importancia- acerca del asunto Cataluña. Para decidir en el asunto Cataluña se puede leer o no leer; se puede leer mucho o no leer nada. Si no se lee nada, se acepta el resultado de un largo proceso de siete siglos y se da el fallo favorable a Cataluña; si leemos, habremos de encontrarnos, frente a nosotros, pobres lectores, con una ingente montaña de papel. Montaña que a lo largo del tiempo, ha ido formándose con libros, libros grandes y chicos, muchedumbre de libros, con folletos, con trabajo de revista, con  artículos de periódico, millares, millones, de artículos de periódico, con discursos, incontable multitud de discursos, con documentos legales, documentos que llenan los anaqueles de los archivos. Y cuando tengamos ante nuestra visita tan formidable montaña, pensamos en disciplinas humanas que han sido puestas a contribución para escribir estos libros y para que estos discursos fueran pronunciados.
Todas las disciplinas: la historia, el derecho, la filosofía de la historia, la historia del derecho, la estética, la etnografía, el folklore, la poesía erudita, la poesía popular, la novela, la sociología, el derecho consuetudinario, la filología; todas las disciplinas, en suma, estudiadas para demostrar que Cataluña tiene una vitalidad propia, que Cataluña es una nación. Y cuando, después de desglosar la enorme producción bibliográfica de Cataluña, ya que no repasaría toda,  cosa imposible a fuerzas humanas, cuando, después de desflorar esa enorme bibliografía, queramos acercarnos un poco a la materia viva, habremos de tener en cuenta todos los cambiantes, y los vislumbres, y los tornasoles de la pasión política, no a lo largo de cuatro siglos, sino, sencillamente, durante los últimos cincuenta años. Entonces veremos cómo cada diez años, o menos, cada seis años, se produce en Cataluña un formidable remolino de opiniones, de ideas, de sentimientos, de pasiones políticas. Al cabo de seis años lo que creíamos saber ya no lo sabemos, la política, en su marcha vertiginosa, es otra. Han nacido nuevos partidos: unos partidos se han injertado en otros, los antiguos han revestido formas nuevas, los hombres que antes estaban en predicamento ya no lo están, son otros los que ahora dan el tono al movimiento.
Las teorías que antaño corrían como válidas han sido reemplazadas por teorías nuevas. Creíamos conocer el ideario de los catalanistas, y tenemos que estudiar de nuevo sus programas; otras doctrinas están ahora en curso. Los hombres se suceden y las ideas también. Y en este gigantesco remolino, a lo largo tan sólo de los últimos cincuenta años, por encima de la muchedumbre de nombres de políticos y de teorizantes, emergen en la memoria los nombres de Mané i Flaquer, Almirall, el doctor Robert, Prat de la Riba, Maragall, Torras i Bages, Cambó, Rovira i Virgili… ¡Qué vida tan intensa la de esta nación desde hace siete siglos!
La ondulación de la historia de Cataluña es interesante; nada más curioso e instructivo. Seguir las fluctuaciones de la nación catalana desde la Edad Media hasta el presente es contemplar el más bello panorama. Con la imaginación hemos ido en un rato de soledad, siguiendo el curso de esa sustancial historia. Al llegar al siglo XIX nos íbamos deteniendo, primero en los nombres de los poetas, nos deteníamos en Cabanyes, tan infortunado, en cuyos versos, como en los de Chenier, se da la síntesis del Romanticismo y el Clasicismo; nos deteníamos en Verdaguer, y lo veíamos con su cara de labriego, con su cara algo mongólica, angustiado, errante del palacio barcelonés a la montaña; nos deteníamos en Maragall, tan amigo de los escritores que formábamos la legión de 1898, Maragall, tan sensitivo, que podríamos simbolizar en el sensitivo almendro que él ha descrito en unas de sus poesías; nos deteníamos en José Carner, y con él gustábamos su “frutos sabrosos” de la tierra catalana. Pero de todos los nombres ilustres de Cataluña, no eran éstos los que cautivaban nuestra atención. Otros nombres eran ahora más sugestivos que los nombres de los artistas.
Y esos nombres eran los de los fabricantes. Siempre hemos tenido la ilusión de hacer un libro, acaso una novela, cuyo personaje central fuera una fábrica; no una fábrica nueva, con reciente y poderosa maquinaria, sino una fábrica viejecita y modesta. En sus tiempos esta fábrica ha hecho figura en el mundo; pero ahora ya ha sido superada por las enormes fábricas. Sin embargo, ella conserva la escrupulosidad, el sentido de la perfección en lo que elabora. Y así lo que de ella sale es estimado por los conocedores. ¿Cómo no hemos de sentir atracción y simpatía vivísima por los fabricantes de Cataluña? Ahora hemos sentido deseos de repasar esos nombres, y hemos ido leyendo los de D.Federico Ricard, Marqués de Santa Isabel, D.Juan Salerés, D.Ramón Romaní, de antigua estirpe de papeleros; D.Manuel Feliu i Coma, Ferrer y Vidal, D.Ramón Torrelló, Permanyer, D.José Antonio Muntadas, creador de la gran fábrica “La España Industrial”: D.Claudio Aranyó, que introdujo en la industria lanera la moderna maquinaria; D.Fernando Puig, que fue el primer fabricante en España de hilo para coser. Los nombres de algunos de estos fabricantes se unían a recuerdos y sensaciones de la niñez; las sensaciones de un niño que en la casa solariega, en el cuartito de la costura contempla las madejitas de hilo, ceñidas por una abrazadera de papel en la que va estampado el nombre del fabricantes, acaso de éste D.Fernando Puig, y los ovillos y las piezas de lienzo de que saldrán las sábanas y los manteles.  Acaso estas antiguas sensaciones han podido más en el amor a Cataluña que los versos de los poetas.
No una vez, sino varias, hemos leído el libro de D.Alejandro de Ros, deán de la Catedral de Tortosa, libro que se titula “Cataluña desengañada”, impreso en Nápoles en 1646, y que lleva una portada curiosa. En la portada una matrona con el escudo de Cataluña, está en lo alto de un risco, y va a precipitarse al abismo; en la hondura por donde va  a arrojarse Cataluña crece un ramo de lises, las lises de Francia, y una leyenda dice: “incerta spes, certa amaritudo” Incierta la esperanza y la amargura cierta. Otra matrona con el escudo de España, que se halla al lado de Cataluña se ha abalanzado a ella y la detiene para que no se precipite. Con esta estampa no alude al intento de Cataluña de arrojarse en brazos de Francia. Y no sabia Cataluña, o lo olvidaba -nos lo cuenta el autor- que desde 1285 eran más de veintitantas veces las que los franceses habían invadido y devastado Cataluña. El libro del deán Alejandro de Ros es un libro españolista; el autor trata de disuadir a sus paisanos de su enemiga a España. Para él, catalanes y castellanos se completan. No existe oposición entre unos y otros “es el catalán -escribe Ros- corto naturalmente, y tan poco esparcido, que el encogimiento, tal vez parece o grosería o menos capacidad; y es tanto lo que se despeja y se desboza con el trato del castellano, que sobre el buen fuste de su natural, sobre la entereza de su condición y aquella sólida firmeza de su segura amistad, le sirve de precioso esmalte la comunicación del castellano”. Nótese lo de la entereza del carácter y de la segura amistad. Cuando se escribía la “Cataluña desengañada”, como corolario a los sangrientos sucesos del reinado de Felipe IV Cataluña estaba en una de las depresiones de su camino. El mismo Ros nos dice que los grandes señores de entonces, tan ilustres en prosapia como los castellanos, no pensaban en sus rentas de seis mil ducados. Y andando el tiempo, en el siglo XIX Cataluña torna a esplender como en sus mejores épocas.
Una historia de siete o más siglos; en esa historia, cuatro centurias de inquietud. De inquietud para Cataluña y de preocupación para el resto de España. No ha habido sosiego ni para Cataluña ni para el resto de España en ese largo período. Se ha hecho todo lo que se ha podido por parte de Cataluña y por parte de España, para evitar la inquietud de unos y la preocupación de otros, y eso no se ha podido. No se ha podido en cuatro siglos y no se podrá en otros cuatro. Y es hora de que la inquietud y la preocupación terminen. Cataluña tiene derecho a vivir su vida. El resto de España debe, sin más dilación, hacer que Cataluña viva su vida. ¡Que acabe la fiebre de cuatro siglos! Todo debe hacerse con elegancia y pulcritud. Vamos a ver si esta Cámara en que un ministro ha podido faltarse el respeto a sí mismo, sin que sus propios amigos le fueran piadosamente a la mano; si esta Cámara, en la que hay quienes quieren hacer fieramente el jabalí, y lo que hacen es otra cosa; si esta Cámara, en la que los jóvenes se muestran tan ufanos de su juventud, flor de un día, y en que los viejos no saben expresar en qué la edad provecta rivaliza con la moza, y aún la vence; si esta Cámara, en que se prefiere ser crueles a ser misericordiosos; vamos a ver si esta Cámara sabe colocarse a la altura de lo que la realidad reclama en este momento histórico para España y para Cataluña. La voz de un transeúnte, que no tiene voto, simple voz de la calle, es la de que a Cataluña debe dársele lo que pide en su integridad. En su integridad y sin regateos. Todo y en el acto. Con pulcritud y elegancia. Y así terminará cordialmente el desasosiego de cuatrocientos años.
azorinbo
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Val a dir, que la part, no coneguda m’ha semblat molt interessant.
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